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La expansión del Budismo.

Estatua budista en el templo de Famen, ChinaLos monjes eran improductivos: para alzar templos y mantener monasterios necesitaron la ayuda de legos y reyes; la obtuvieron exitosamente por razones que se explican más adelante. Fue tal el éxito que tuvieron el Dharma y los monjes que el budismo trascendió la India estableciéndose en muchos lugares de Asia, algunos del tamaño de China. Para ello se efectuaban misiones patrocinadas por los reyes; el budismo llegó a quedarse en Birmania, Ceilán, Tíbet, China, Java, Sumatra y Japón. Pero fueron misiones pacíficas; no hubo imposiciones ni guerras religiosas: el Budismo fue conocido y luego aceptado, tan aceptado que tuvo con frecuencia el favor de reyes.

Hubo numerosas conversiones de monarcas orientales; en Birmania y Ceilán los reyes llegaron a ser exclusivamente budistas, mientras que en otras regiones existió más bien una incorporación o una fusión con religiones autóctonas. Los ideales de pobreza y no violencia inculcados en el pueblo ayudaban a mantenerlo pacífico y sobretodo sumiso; la doctrina de la negación del mundo aceptada por el pueblo eliminaba la ambición y la necesidad insaciable de bienes materiales, y por lo tanto se eliminaban las críticas al gobierno o a la situación económica.

Conze va aún más lejos: afirma que es la necesidad de bienes materiales lo que ha derrumbado a todos los despotismos y reyes en Europa, y que por el contrario, es la religión de la paz y del desprecio del mundo la que ha mantenido tan largo tiempo en oriente a los frecuentes gobiernos despóticos; la creencia en un mundo siempre malo, fuere cual fuere su causa, haría que las imposiciones de los funcionarios reales fuesen un mal más, como tantos otros, y “si el pueblo considera este mundo como no demasiado importante, su buen humor no será deteriorado por la falta de bienes, y es preferible gobernar a un pueblo alegre que a un pueblo triste”. Explica también la expansión (y seguimos resaltando que fue pacífica, y que además no fue solamente religiosa puesto que también se transmitieron las ciencias hindúes, además de su lengua, el sánscrito) del Budismo por ser una religión que no usa el nacionalismo, que no hace referencia ni a pueblos ni a razas y que por tanto es muy adaptable.

El Hinayana no sobrevivió en China y el Tíbet por estar poco dispuesto a fundirse con las creencias mágicas, mientras que el Mahayana, más tolerante en todo sentido, aún permanece en sus formas ramificadas. En los años 1000-1200 el budismo desapareció de la India, perseguido por mahometanos e hinduístas; el Hinayana tampoco logró sobrevivir en Sumatra y el Asia central, reemplazado por el Vajrayana en el primer caso y por el Islam en el segundo; pero en cambio, el Hinayana todavía está vigente en Ceilán (Sri Lanka), Birmania (Myanmar) y Siam (Tailandia, Camboya y Laos), a pesar de que el Mahayana había sido introducido primeramente en los dos primeros países (en Ceilán en el 250 a.C. por Asoka, y en Birmania en el s. V) vencido luego por los Theravadinos y de que en Siam, habiendo ambos coexistido, los Theravadinos se volvieron mayoría desde el 1150.

La libertad de movimiento de los monjes budistas, contrastada por las estrictas reglas que debían obedecer los monjes hindúes, explica porqué fueron los monjes budistas quienes más viajaron, comerciaron y “exportaron” su religión. La alianza con los reyes era a veces pactada por ciertas alabanzas de los monjes influyentes, que declaraban a uno o a otro Cakravartin, que en sánscrito significa "rey que da vuelta la rueda", es decir, que domina el Dharma. A veces también, se los consideraba públicamente como Bodhisattvas (ej. Gengis Kan, “Bodhisattva en su último nacimiento”). Mongka Kan decía que las religiones eran como los dedos de una mano, pero añadiendo que el budismo era la palma.

Un gran Rey de la India, Asoka (274-236 a.C.) fue el primero en “exportar” el Dharma a otras naciones: Ceilán, Cachemira y Gandhara, llegando incluso a la cultura griega por medio del envío de misiones a Siria y Macedonia (durante los reinados de Antíoco II, Tolomeo Filadelfo, Antígono Gonatas). Pero no solamente reyes indios apoyaron al Budismo sino también varios emperadores chinos, kanes mongoles, y reyes de Ceilán, Birmania y Japón. Así mismo, se puede encontrar la presencia budista en monedas, como aquellas de la ciudad de Kapisa: por un lado el Buda sentado y por otro el Zeus de Kapisa (Kadfises I 25-60 d.C.), o como las monedas del rey Kanishka, adornadas con dioses del Irán a la vez que con Shiva y Buda, llamado en griego Boddo o Boudo.

Al igual que en el Egipto faraónico, “la idea budista es que los Budas y los Bodhisattvas conjuran cuerpos fantasmales que mandan a distintas partes del mundo, y que tales dignatarios (reyes y gobernantes) son esos cuerpos fantasmales”; y así los monjes se convierten “en policías espirituales de los gobiernos”, al tiempo que tal creencia anula cualquier posible crítica al gobernante, puesto que no se puede criticar a un Buda.

El desalentar la ambición por bienes materiales fomentaba en gran medida las ofrendas a los templos. Pero primero había que convencer a los legos; y si el budismo no captó adeptos mediante la violencia y la imposición, si utilizó, en cambio, un proselitismo mágico, que sin embargo no es exclusivo del Budismo, aunque también utilizó la enseñanza del Dharma o el libre acceso a los templos. Se inculcaron dos conceptos que parecen ser comunes a todas las religiones: la fe y el mérito.

La Fe de los legos respetaba al Buda, al Dharma y a la Samgha (los tres tesoros), y adoraba reliquias y templos (ej. Bodh-gaya, el árbol donde Buda recibió la iluminación, centro del Budismo mundial): la fuerza de dicha fe la hallamos en la creencia muy arraigada de que los monjes, los Bodhisattvas y los Budas tenían control sobre las fuerzas invisibles que gobiernan la naturaleza: los monjes y los templos daban protección mágica (contra sequías, enfermedades...) y aseguraban las buenas cosechas y la salud; para celebrar o para asegurar el bien se realizaban ceremonias.

Los monjes del Mahayana se ocupaban también de las suertes particulares: “podían librar del fuego o del agua, proteger a los barcos y al ganado, o dar hijos”...el budismo considera “realmente todo lo que el hombre puede desear”. La adoración (Puja) consistía en ofrendas: comida, flores, sombrillas y dinero, y en la circunambulación de los templos (con el templo siempre a la derecha). La fabricación de objetos de culto acumulaba Buen Mérito, y su adoración se consideraba fuente de prosperidad para la nación. La estatua o la imagen del Dios nunca fueron consideradas como la divinidad misma, pero sí en cambio, contenían un poder mágico, explicado a veces como proveniente de las divinidades, pero otras tantas, como provenientes de la adoración misma; tan sólo 500 años después del Nirvana de Buda éste llegó a ser presentado con forma humana.

El otro concepto que ayudó a los monjes fue el del mérito: debido a la generalizada creencia en la reencarnación, se debían hacer méritos para tener vidas futuras menos sufridas, y uno de aquellos méritos eran las grandes ofrendas a los templos. La amistad con los legos y la absorción de sus ofrendas se logró entonces mediante la magia, la explicación del mundo, y la magnificencia de los templos. En China y Japón el budismo logró establecerse mediante el monopolio fúnebre y de todo lo relacionado con la muerte, pero jamás en lo relacionado a los matrimonios; en Japón, el budismo adoptó la práctica de reverencia a los antepasados para compartir un lugar junto al “sistema nacional de magia Shinto”.

Sin embargo, hay que señalar que el proselitismo fue tomado como una empresa solamente después del apoyo del rey Asoka, pues antes, los monjes no mostraban ningún interés por ganar adeptos que adoraran estatuas, sino muy al contrario, alentaban a los legos a no adorar y más bien seguir la doctrina, ejercitarla. Pero desde Asoka ocurre una especie de masificación del budismo, cuando Buda es reverenciado no como un hombre que alcanzó el Nirvana sino como un Dios; el Dharma y el Nirvana, la vida monástica dejaron de ser lo más importante del budismo, y por otro lado, los conceptos de karma y reencarnación tuvieron un auge importantísimo como fuente de religión doméstica, más accesibles a los legos que el Nirvana o el difícil Dharma; lo mismo que la persona misma de Buda, la historia de sus vidas, la adoración de los templos. En este sentido, los beneficiados fueron los monjes Mahayanas, que siempre habían estado a favor de hacer más accesible el Budismo y de suavizar las estrictas reglas del Vinaya.

Además, como bien señala Conze, el alejamiento de los asuntos mundanos por parte de los monjes “puede militar fácilmente contra la supervivencia de la religión”, y esto fue lo que probablemente comprendieron los Mahayanas: era preferible romper la rigidez de las reglas del budismo y aceptar por ejemplo monjes sin vocación, que perder del toda la sabiduría budista por falta de representantes; además, una masificación no era necesariamente entendida como una degeneración del budismo: la religión se volvía más confusa quizás, al variar la doctrina original (Dharma), pero, y esto es importante, no la eliminaba sino que sumaba variaciones, perdiendo quizás en claridad pero ganando en longevidad.

Encontramos entonces que el patrocinio de Asoka, quien destinó una parte de los ingresos de la corona exclusivamente para los monjes, marca un hito muy importante en el budismo, puesto que los monjes, al aceptar su patrocinio no vestían ya con trapos viejos, ni comían sobras, y además, con las Escrituras recién impresas se entusiasmaban por el conocimiento, perdiendo con ello los votos de pobreza (“como en el caso de dominicos y franciscanos”), autogenerando de dicha manera una fuerte dependencia tributaria de la cual sería difícil salir: el patrocinio de Asoka fue corto y abundante, pero tras él, los monjes del Mahayana, acostumbrados ya a un vivir más cómodo, y sin un sucesor que los mantenga, recurrieron a la tributación voluntaria directa (en ofrendas) por parte de los legos para no volver a la dura y a veces humillante vida monástica. Asoka es el paralelo del emperador Constantino en el cristianismo.

 

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