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La antigua escuela de Sabiduría: El budismo Hinayana.

SariputraHabíamos dicho que la tradición oral se mantuvo mucho tiempo después de Buda; los monjes y los sabios siempre tuvieron cierta aversión por la escritura arguyendo que tal práctica debilita la memoria; sólo después de 400 años del Nirvana de Buda se escribieron las palabras de Buda sobre papel. Durante todo ese tiempo el Budismo se enseñó en escuelas, de maestro a discípulo. Uno de los grandes maestros del Hinayana fue Sariputra, “el hijo de Sari”, de la ciudad de Maghada e hijo de brahmanes: obtuvo la iluminación “plena” poco después de hacerse budista, era metódico y analítico, y explicaba la doctrina de tal manera que pudiera entenderse con facilidad. Fue considerado el segundo fundador del budismo, muy admirado por Theravadinos y Sarasvativadinos.

Sariputra fue discípulo directo de Buda, y su preocupación por sistematizar la doctrina lo hacen hoy un símil de San Pablo y su relación con Jesús; Sariputra seleccionó lo que para él era  fundamental en las palabras de Buda. Este hecho ocasionaría la división del budismo, tras veinte generaciones, mediante disensiones e interpretaciones distintas provenientes originalmente también de discípulos directos de Buda, como Mahamogallana, relacionado con los poderes psíquicos, y Ananda, asistente de Buda durante 20 años. Los monjes más ortodoxos seguían o estaban de acuerdo con Sariputra, y rechazaban a Ananda, representante de los “liberales”, los Mahayanas; a su vez éstos últimos estaban contra Sariputra, a quien criticaban por medio de la literatura, diciendo de él que era “inferior en sabiduría”, que tenía “mucho que aprender”, y que era de “intelecto lento y no agudo”; añadían que la doctrina Hinayana había sido diseñada para él por Buda, como una forma inferior de sabiduría.

La antigua escuela introdujo un nuevo término para designar la meta de un hombre ideal, un “santo perfecto”, totalmente “emancipado”: el Arhat, sin saber a ciencia cierta en qué se diferenciaba de un Buda. Las escrituras lo definen como “una persona cuyas emanaciones (inútiles y erradas) se han agotado, que ha vivido mucho,... que ha dejado su carga, que ha alcanzado su objetivo, que ya no está ligado al “devenir”, que está liberado, que ha llegado debidamente al conocimiento”. Es representado calvo, serio, dueño de sí, desapasionado y austero.

El arhat es un hombre que en sus inicios se esforzó por comprender la futilidad del ciclo de nacimiento y muerte, y por rechazar las condiciones de la existencia; sintiendo aversión por la ganancia y los honores mundanos, se volvió digno (Arhati) de honores y reverencias divinas (por parte de Devas, pero también de Indra, Vishnú y Krishna). Rompió la “cáscara de huevo de la ignorancia” y luego obtuvo los superconocimientos (ojo divino, oído divino, conocimiento de los pensamientos ajenos, capacidad de recordar vidas anteriores, poder de hacer milagros, la certeza de que sus salidas se han agotado) y los “poderes de la visión analítica”. Los Sarasvativadinos distinguían clases entre los iluminados, y proponían tres: el Pratyekabuda, “iluminado por sí solo, es decir, uno que ha alcanzado la iluminación plena, pero que muere sin proclamar la verdad al mundo”, los Discípulos, que alcanzan el Nirvana y se convierten en Arhats, y los Budas Supremos, “que alcanzan la perfecta iluminación, y enseñan el Dharma a otros”.

Las disensiones empezaron con el cuestionamiento de algunos monjes acerca de la diferencia entre un Arhat y un Buda. Era una cuestión de clases espirituales, pues el Hinayana había creado una escalera con etapas desde el hombre hasta el Arhat. Aunque desde antes, con las castas, habían en la India dos clases de hombres: el común y el santo. Los santos se conocían como Aryas, que también significaba noble, acertado, bueno.

El Nirvana es definido como el mundo suprasensorial de la realidad, o también conocido como el Camino. El Hinayana de los inicios enfocaba todos sus esfuerzos en conseguirlo. El Budismo abogaba por la evolución desde el hombre común hasta el santo, con un punto crucial en el camino conocido como Entrada a la Corriente, cuando “la visión del Camino Supramundano se precipita sobre nosotros”. La Entrada a la Corriente es el inicio de un largo camino espiritual. Esto es parte del ideal Hinayana.

La doctrina siempre estuvo acompañada de prácticas: todas dirigidas a la renuncia del mundo y a la salvación; el punto de partida siempre fue el descontento con el mundo y el punto final es una mente tranquila y poderosa; entre ambos, mucho trabajo espiritual. Pero del Camino no se habla, pues sólo es dado a quienes caminan por él. La entrada sí es anunciada; para lograr la entrada y educar a los caminantes se inventaron varios métodos, que se pueden agrupar en tres aspectos: disciplina, trance y sabiduría.

Gran parte de la disciplina consistía en educar el cuerpo, pero sobretodo en romper con la fijación del hombre común con él, con el propio y el ajeno, sobretodo si era femenino; varios maestros lo consideraban simplemente impuro y desobediente; había que romper el tabú del "yo soy mi cuerpo y nada más que mi cuerpo"; los monjes instaban a los discípulos, para tales efectos, a mirar las etapas de descomposición de un cuerpo muerto; se dice que se les instaba a sentir vergüenza y asco por el cuerpo. La disciplina no se encargaba únicamente del cuerpo: también se trataba de evitar pulsiones, eliminar deseos, no ir, conocer la calma perfecta, la quietud y sobretodo se aplicaba a la vigilancia de los sentidos: vigilar los “órganos de los sentidos”, y vigilar las “puertas de los sentidos”, es decir, impedir su corrupción y controlar estrictamente lo que debe o no debe entrar por ellos.

Junto a la disciplina, se fomentaba la concentración, Samadhi en sánscrito, o síntesis (traducción griega). El fruto de la concentración es muchas veces el trance, que finalmente desemboca en la calma. El Budismo propuso desde sus comienzos tres métodos para lograrla: el de los 8 Dhyanas, el de los 4 Ilimitados, y el de los poderes ocultos. Las Dhyanas consisten en eliminar todos los rastros de desconcentración (apatía, pereza, malos pensamientos, inquietud, dispersión) mediante la dirección de los pensamientos hacia un solo objeto; en un determinado momento se trasciende el objeto y se obtiene la Fe, que con el tiempo se convierte en “una condición de receptividad límpida, traslúcida y alerta en una total pureza de conciencia y tranquilidad de ánimo”. Luego se supera el objeto que permitía la concentración: entonces todo se ve como “espacio infinito, conciencia ilimitada, luego como vacío”, haciendo del objeto tan solo un medio para obtener el vacío.

Cesan entonces la percepción y los sentimientos, “se toca el Nirvana con el cuerpo”, en el “abismo divino” o en el “desierto de la divinidad”. Los ortodoxos afirman que con ello todavía no se alcanza la salvación definitiva sino que todavía es necesario una “obliteración completa del ser individual”, pues esas experiencias estáticas “no pueden lograr más que una autoextinción temporal”. Los Dhyanas son entonces un proceso de concentración paulatina que desembocan primero en el trance y luego en la calma perfecta.

Los Ilimitados son un método dirigido al control de la conducta, que por cierto también requiere mucha concentración; han propuesto cuatro etapas: Amistad (Metta), Compasión, Alegría Simpática y Serenidad. La Amistad debe trascender todo tipo de egoísmos, sean familiares, tribales o nacionales. Se debe llegar a ser capaz no sólo de respetar a todo ser vivo sino también de entablar una amistad con cualquiera y con todos: amistad ilimitada, que jamás, y por ningún motivo debe desear el mal. La Compasión consiste en ser capaz de sufrir con el sufriente de manera a poder ayudarlo y sacarlo de su estado. La Alegría simpática debe alegrarse de los logros ajenos como si fuesen los propios, debe ser también ilimitada. En posesión de las esencias de la amistad, la compasión y la alegría ilimitadas, se obtiene la calma, la serenidad, pues al comprender el mundo (mediante los tres primeros ilimitados) se obtiene seguridad, al tiempo que puede uno también ayudarlo (al comprender la compasión y la alegría simpática).

El Budismo aparece tan práctico y muchas veces tan lógico, que a menudo se piensa que no tiene nada de mágico (sobrenatural, que supera las fuerzas naturales), pero lo cierto es que también nos lleva hacia los poderes psíquicos; sólo que para los sabios budistas estos poderes no deben tomarse nunca como lo principal sino mostrarlos como simples artilugios para impresionar al pueblo, dando a entender que son meros “juegos baratos”. Y tratar de desalentarlos en los novatos porque “puede aumentar aún más el orgullo, se puede buscar el poder y perder el reino y la gloria”. Las prácticas y los poderes ocultos eran conocidos como Riddhi, y al parecer no fueron una particularidad solamente del Tantra sino que también el Hinayana los buscó y utilizó. El estudio de los poderes ocultos no eran un método de concentración sino más bien su aplicación, una especie de preparación para el trance.

Hemos visto que la disciplina comenzaba por refrenar al cuerpo; dicha práctica ayuda en gran medida a disciplinar también la mente. Con la mente en constante control, se procedía con los ejercicios de concentración, siguiendo el método Dhyana; la concentración desembocaba entonces en el trance, en episodios mágicos de duración variable donde se experimentaban ciertos poderes. Luego venía la calma, y con  ella el estudio de los Ilimitados dirigidos hacia la eliminación del ego, el orgullo y la maldad que podían nacer a partir del conocimiento de los poderes ocultos y de la experiencia de trance; finalmente el estudio de los poderes, que ayudaba en gran medida a tener mayor control durante los períodos de trance.

Sólo entonces comenzaba el aprendizaje de la Sabiduría, en posesión de la disciplina, la calma y el conocimiento de los poderes. Una buena parte de la sabiduría Hinayana, el Abhidharma, concentraba sus esfuerzos en destruir la fijación del yo y del cuerpo, en eliminar la permanente unilateralidad de la comprensión de los hechos. Para ello enunció en un tratado, muy frío y desapasionado, una serie de factores que por definición acompañan siempre a cualquier fenómeno.

El Abhidharma hace un análisis de cualquier fenómeno, factorizando los elementos del entorno; por ejemplo del dolor de muela: no sólo “Me duele la muela”, o “la muela me duele porque hay una carie en ella”, sino que también: apariencia (muela, mal olor, hueco,...), sentimiento (dolor), impulso (eliminar el dolor, volver a la salud), conciencia (búsqueda de causas, saber todo lo anterior) y muchos otros factores más (más de 100 en el Abhidarma), todos impersonales, en el sentido que ayudan a eliminar la fijación en la simpleza del yo o del cuerpo o de la sensación. Son factores propuestos que atacan la fijación en un sólo skandha, de manera a poder poner en relación varios de ellos.

Los Skandhas vienen a ser entonces, factores, o también perspectivas. El Abhidarma es considerado el texto más antiguo de psicología: sistematiza y describe no solamente elementos psíquicos sino que pretende hacerlo con toda realidad. Estaba reservado a los monjes más avanzados. Se han conservado dos Abhidharmas: uno en idioma pali y otro en chino (traducido del sánscrito), cuyo origen son las dos escuelas de sabiduría Hinayana: la de los Saravastivadinos (norte de la India, por Vasabandhu) y los Theravadinos (Ceilán, por Budhagossa), respectivamente. La sabiduría era comprendida como la facultad de no dejarse engañar, de penetrar en las cosas y en el Dharma tal y como son debajo de la “oscuridad del engaño” o de la simple apariencia.

Aspectos que caracterizan el Hinayana son su conservadurismo para con la doctrina original; defienden entonces la vida pobre, insisten en despojarse de las “posesiones” que ponen trabas a la libertad, pues hay que romper con la “falsa” identificación del hombre y sus posesiones materiales (que siempre se pueden perder, sobretodo con la muerte), hay que romper también con la relación entre la vida y las cosas condicionadas; la vida no debe aceptar condiciones, ni prórrogas, ni largos plazos que exijan sufrimientos pues si las acepta se vuelve condicionada; el hombre que rechaza todo lo que sea condicionado se acerca hacia lo incondicionado, es decir, hacia el absoluto, que siempre ES, sean cuales sean las condiciones; lo incondicionado es independiente, se condiciona a si mismo.

Insisten también, en sus inicios, en alcanzar a toda costa la realidad última (Nirvana), en no resignarse a esperar vidas futuras para conseguirla; el Nirvana, o la realidad última, suprasensible, es comparado por Conze con el concepto filosófico de Absoluto, donde no cabe duda ni discusión. Así mismo, el Hinayana señala las razones principales para rechazar el mundo: la “impermanencia, el sufrimiento, y el no-ser”. La impermanencia de la alegría, de las posesiones, de la vida misma: el hombre que busca superarse no puede ni quiere soportar la impermanencia de la felicidad, de la conciencia, de la vida; el hombre que quiere superarse busca la eternidad, por eso rechaza el mundo, no solamente por la aparente fealdad del mundo (que en realidad es su propia fealdad)  sino también por su carácter impermanente. El hombre que busca la eternidad rechaza también el sufrimiento que exige el mundo para vivir en él, no estando dispuesto a sufrir para obtener cosas y sentimientos impermanentes; si ha de sufrir, ha de ser por conquistar la eternidad del Nirvana, eternidad muy manifiesta en los principios del budismo por los ejemplos vivos de los primeros iluminados. El sufrimiento, lo que hay que pagar por vivir en un mundo impermanente, radica en el no-ser, en el sacrificio personal que pasivamente carga y siempre deja el ser en el futuro, que siempre posterga su ser con el pretexto de necesidades materiales “imprescindibles” para la “felicidad” de su “ser”.

Ya hemos dicho que el budismo se ramificó en un considerable número de escuelas, con ciertas ideas que permanecieron siempre comunes, y otras que por el contrario cambiaron con el tiempo. Los que piensan que el Budismo se volvió decadente con el tiempo ofrecen un argumento nada despreciable: tanto el número de iluminados, como la fuerza de la pasión por alcanzar el Nirvana, fueron en sus inicios muy superiores al de épocas posteriores. Hubo muchos Arhats en los primeros tiempos, pero siglos después son cada vez más escasos; cambió también la fuerza de la fe, pues los primeros monjes insistían en obtener el Nirvana en esta vida, mientras que los monjes posteriores ya hablaban de la necesidad de muchas vidas y reencarnaciones para alcanzar la iluminación.

En los primeros tiempos del budismo existió una serie de profecías que describían el curso del Budismo; junto a una creencia muy arraigada en los fenómenos cíclicos, insistían en que el budismo estaba destinado a desaparecer lentamente y volver a nacer todavía más tarde. Las etapas de la vida del Budismo eran descritas en etapas sucesivas hacia la extinción final: 500 años de Nirvana (en que los monjes son capaces de alcanzar el camino y convertirse en Arhats), 500 años de pureza (es conservada pero los monjes ya no alcanzan plenamente los frutos del Nirvana), 500 años de erudición (conocimiento de las escrituras), y 500 años de decadencia (cuando ya sólo los símbolos permanecen: vestidos, monasterios).

Otro sutra también dividía las etapas en 500 años: la primera es fuerte en alcanzar la unión con el Dharma, la siguiente es fuerte en meditación, la tercera es fuerte en la fundación de monasterios, y finalmente la cuarta es fuerte en lucha y reprobación. Lo cierto es que las cosas sucedieron más o menos como lo escrito en las profecías: con el pesimismo en la literatura por el año 400 d.C., “la erudición tomó el lugar de la santidad” (se dice que el último Arhat murió en manos de un erudito). Se había dividido el Budismo, con algunos partidarios de un nuevo Evangelio y otros fieles a la doctrina original. “En los primeros siglos muchos monjes habían aspirado directamente al Nirvana...Sólo los legos y los monjes menos ambiciosos estaban conformes con la esperanza de lograr un mejor renacimiento...Pero desde cerca de 200 a.C., casi todo el mundo sintió que las condiciones eran demasiado desfavorables para obtener la iluminación en esta vida”. Las primeras escrituras budistas datan de esa época.

La esperanza en un renacimiento del budismo se asienta en los ciclos; para ello explican los ciclos medidos según la duración de la vida del los hombres: cuando sólo es de 10 años de vida es que la humanidad está degenerada; porque el hombre puede alcanzar cientos de miles de años de vida (lo cual no resulta tan descabellado si pensamos en la posibilidad de rememorar vidas pasadas); se dice que cuando la vida de los hombres alcance los 80000 años de vida, nacerá el Maitreya, el Buda venidero; aparecerá nuevamente en tierra y los hombres alcanzarán nuevamente el Nirvana mediante la “influencia de su enseñanza”.

Lo dicho puede ser considerado como una decadencia, pero también como una evolución, como el camino mismo de Buda, desde la soledad empecinada que avanza poco a poco hacia la maestría y la enseñanza; la historia del budismo puede representar las etapas mismas de Buda, del tipo Buda, como un tren de carros: si se toma el primer carro se puede hablar con el chofer y además se mira para donde se va, si no, de todos modos se puede alcanzar el carro de la erudición, o el de la meditación, claro que sin conocer al chofer ni al Nirvana.

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