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Renacimiento y decadencia de los Incas

Indígenas en el campoLos españoles mantuvieron los mismos límites entre las provincias (huamani), y las fronteras del imperio Inca se mantuvieron intactas bajo el nombre de Perú, hasta que una dinastía francesa ocupó el virreinato en 1717, con concepciones administrativas más abstractas como para que la integridad territorial del Perú fuese modificada; en tal año el Ecuador fue anexado a Colombia.

Los conquistadores españoles no solamente mantuvieron las fronteras incas y el sistema de prestaciones sino que también respetaron a la nobleza indígena, que mantuvo muchos de sus privilegios hasta entrado el s. XVIII. Tener sangre de Inca era tan ventajoso como tener relaciones de parentesco con la monarquía española; incluso la descendencia de los curacas mantuvo muchos de sus privilegios; los gobernadores provinciales del inca mantuvieron también sus puestos.

De tal modo que el pueblo indígena padeció las exigencias de aún más opresores: los encomenderos, la iglesia y los antiguos nobles incas. Aunque la iglesia al parecer no hizo más que reemplazar la exigencia de tributos que antaño tuvieran los sacerdotes del Sol.

Así como entre los incas hubo rebeldes, también hubo colaboradores; una buena parte de la nobleza no se resistió ante el poderío español y más bien, se transformó en colaboradora, adquiriendo muy pronto costumbres hispanas, aprendiendo su idioma e imitando todas sus fanfarronerías de clase. El más famoso de los colaboradores fue Paullu-Inca, quien a pesar de haber sido abofeteado por Pizarro, fue nombrado, gracias a su empecinado servilismo, comendador; se le permitió además vivir en uno de los palacios de Cuzco, el Colampata.

Los jesuitas se encargaron de educar a la niñez aristocrática inca y así, en pocos años, se podían encontrar indígenas que hablaban latín y español, que se vestían a la usanza hispana y algunos también, que llegaban a escribir con cierta refinación. En muy poco tiempo, las nuevas generaciones incas ya despreciaban las supersticiones paganas del “bajo pueblo” y habíanse convertido plenamente al catolicismo.

A pesar de que para el s. XVII los indígenas estaban plenamente asimilados a las costumbres católico hispanas, hubo un cambio en parte de la nobleza indígena, pues de pronto aparecieron actitudes contestatarias ante la humillación a la que se veía sometida diariamente la población de su raza; hubo una reconsideración y posterior defensa entre los nobles Incas de todo lo que tuviera relación con su cultura, quizás exaltados por ese orgullo que nace cuando algo se aleja en el tiempo, enalteciendo sólo lo bueno o inventando con frecuencia mitos y leyendas favorecidos por el olvido.

Las aristócratas incas se hicieron retratos vestidas con atuendos de la realeza inca, diversos jarrones (queru) fueron pintados con motivos de su cultura, y aparecieron así mismo, narraciones que exaltaban su pasado, aunque muchas de ellas fueron copias de dramas románticos hispanos adaptados a la América indígena (el drama de Ollantay, por ejemplo), usando la misma métrica poética que la de la usanza española. También algunos eclesiásticos españoles bien instruidos hicieron diversas traducciones a la lengua “quechua” de clásicos occidentales y sobretodo hispanos.

Fue en aquella época de resurgimiento “nacionalista indígena”, de recuperación cultural, que se presentaron las primeras revueltas e insurrecciones, algunas de ellas nada más que espontáneas pero otras más bien planeadas de antemano, sobretodo por curacas de quienes el pueblo indio probablemente pensó en un principio que eran unos traidores. Algunas protestas eran moderadas, se exigían reformas legales en el trato y el derecho del pueblo indígena; otras pocas eran más ambiciosas, soñaban con la restauración total del imperio Inca.

La primera revuelta ocurrió en 1737; fue violentamente reprimida por los españoles. Al año siguiente hubo otra revuelta conducida por un mestizo que se proclamaba descendiente de la realeza inca y que instaba al pueblo a restaurar el imperio. Un par de decenios más tarde, un tal Santos, educado por jesuitas, se proclamó Inca entre dos tribus de la selva peruana (que antaño no habían estado sujetas al Tahuantin-suyu), cambiando su nombre por el de Atahualpa. Santos Atahualpa jamás pudo ser atrapado pues cada vez que los españoles lo intentaban, el rebelde se escondía en la selva.

La revuelta más contundente que enfrentaron los españoles desde la rebeldía de Manco Cápac fue la provocada por el líder indígena Túpac-Amaru II (José Gabriel Condorcanqui), casi a finales del siglo XVIII, otro indígena instruido por eclesiásticos hispanos, de ascendencia noble, rico y con buenas relaciones con los colonialistas. Ningún motivo personal parece haber encendido la chispa de su odio. Lo cierto es que tenía contacto con los abusos cometidos contra el pueblo indígena; la rebelión se declaró cuando el rebelde mandó colgar a un corregidor español famoso por sus abusos. A pesar de contar con un ejército de sesenta mil hombres y de haber ganado las primeras batallas, lo capturaron; no tenía experiencia militar ni estrategia para su combate, lo torturaron y lo hicieron descuartizar en la plaza de Cuzco. Los indios no se rindieron y la leyenda del segundo Túpac-Amaru se difundió hasta Bolivia, donde Julián Apasa, rebelde de humilde condición, logró poner sitio a La Paz; pero no supo alcanzar la victoria, ni él ni su sucesor Andrés Túpac-Amaru, quien trató de destruir La Paz desviando un torrente de agua.

Desde entonces los españoles cambiaron su actitud para con la nobleza inca: la sangre noble fue sometida a la aprobación del rey de España, “los títulos y las funciones de los caciques fueron abolidos, se prohibió el uso de las antiguas vestimentas y el de la banda imperial o maskapaicha”, los retratos de ancianos incas muy venerados fueron confiscados, el uso de los caracoles marinos (canciones lúgubres) así como el luto (vestimenta negra) que numerosos indígenas llevaban quedó prohibido; el agregar Inca después de la firma fue reprimido. Todos los descendientes de los incas fueron perseguidos y muchos de ellos, eliminados. Se alentó a los curas a enseñar con severidad el español a indios y mestizos con la finalidad de homogeneizar el territorio, eliminando las diferencias culturales.

La última revuelta indígena, en 1815, llevada a cabo por los caciques sobrevivientes tampoco alcanzó la victoria, e históricamente fue fatal para el pueblo indígena pues tras dicha última revuelta quedaron eliminados los últimos indígenas con cierta educación que podrían haber representado a su pueblo en las diferentes proclamaciones de independencia que surgieron muy poco tiempo después.

“La aristocracia criolla estuvo tan pronta a tomar el poder como para defender sus viejos privilegios...Comprendía bien lo que era liberarse del “yugo español”, pero se oponía a todo cambio en la condición de las masas indígenas”. El régimen colonial aunque había explotado a los indios al menos había respetado su derecho a las tierras coloniales. Tras las independencias y el nacimiento de los grandes latifundios, los criollos no respetaron su derecho histórico a ser dueños de sus propias tierras comunales.

Según Metraux, “a pesar de los grandes principios de libertad, igualdad y fraternidad en los que se inspiraron las nuevas constituciones de los países andinos, la suerte de los indios, lejos de mejorar, se empeoró a lo largo del s. XIX”. Aunque Bolívar decretó varias leyes a favor de los indígenas, algunas de ellas favoreciendo la repartición de tierras comunales, en la práctica ocurrió todo lo contrario; los blancos, aprovechándose de las leyes inflexibles, hacían firmar los traspasos de tierras a los indígenas iletrados (todos); por eso se afirma un poco antes que la última revuelta de los caciques fue fatal para el pueblo indígena, que se quedó sin posibles defensores instruidos.

Entonces los indios, desposeídos de sus tierras, se convirtieron en huasipungos de los terratenientes, muchos de los cuales “llevaban alegre vida en París”.

El huasipungo estaba ligado al patrón por un contrato tácito mediante el cual el indio debe entregar su trabajo y el de su familia a cambio del permiso de construir una choza y de arar tierras áridas para su provecho, pero quedando muy en claro que la tierra sigue siendo propiedad del patrón; aunque los “acuerdos” variaban según la zona, el trato era: cuatro días de trabajo a la semana para el dueño de la tierra, además de trabajos suplementarios como servicio doméstico u otros, y el resto de la semana para el trabajo del indio. Cuando el indígena prestaba sus servicios en la casa, ni siquiera lo alimentaban; se ve el contraste con las mingas de antaño en que además de ser bien tratados, después de todo trabajo llegaba la fiesta.

El transporte de los productos de la hacienda (de propiedad del patrón) también debía ser pagado o conseguido por los indios, so pena de llevarlos en sus propias espaldas. Ni siquiera cuando aparecieron los camiones los terratenientes se apiadaron de ellos; los indígenas debían pagar comisiones de transporte. Además de tales condiciones, debían obsequiar regalos a los patrones (generalmente combustible), pagar tributo a la iglesia y al Estado; si el campo que cultivaba ofrecía buenas cosechas, se lo expropiaban, si sus pocos animales habían crecido bien, se les obligaba a venderlos a bajo precio.

“Tales son, en breve resumen, algunas de las formas de opresión que han hecho de los descendientes de los Incas esos seres desconfiados, encerrados en sí mismos, desesperadamente humildes, que encontramos en el país andino. Su dignidad ha sido quebrantada, pero no su energía”.

Métraux finaliza con una descripción de la realidad indígena del siglo XX y con una firme esperanza de que los indígenas americanos están prontos a recuperar las tierras que les fueron robadas; anticipa revoluciones a lo largo de los Andes, que restaurarán el antiguo imperio Inca. Es curioso que un historiador proponga una revancha indígena en lugar de una plena integración donde se vean aparecer indígenas científicos, políticos, filósofos y comerciantes; creo que no toma en cuenta los millones de mestizos y blancos que conformamos la tan joven América del Sur.

Sólo quiero resaltar una realidad que analizó el historiador: el runa-simi (el "quechua") está más difundido hoy en día de lo que jamás lo estuvo durante el Imperio; todos los demás dialectos excepto el aimará desaparecieron por completo. El runa-simi se habla a través de gran parte de la cordillera Andina, estimándose que más de siete millones de hombres lo practican, incluso entre pueblos que jamás estuvieron sujetos al imperio. Tal difusión del “quechua” es debida a los curas que antaño evangelizaron a los pueblos indígenas de los Andes utilizando el dialecto del imperio.

Explica que la cultura católica (fiestas y costumbres) fueron adoptadas por los indios pero aceptándolas como otro lenguaje para la representación de sus dioses; a Inti, invocado con el título de Inti-huayna-Cápac (Sol, joven jefe) lo identifican con Jesucristo; a Santiago, santo guerrero y protector de los humildes se lo venera en la mayoría de las capillas, por humilde que sean, identificándolo con Illapa, señor de los relámpagos; la Pacha-Mama sigue siendo la guardiana de las cosechas y de los rebaños; siguen haciendo ofrendas, aunque con menor difusión que antaño, a las huacas modernas. Finalmente, señala que los indígenas jamás han tenido un afán productivista, que cuando hay demasiada población no producen más sino que reducen su consumo; es una cuestión de moralidad indígena, pues muchos de ellos piensan que cuando la comida, las cosechas y los rebaños sobran, los dioses se enojan, pudiendo castigarlos.

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Basado en:
Los Incas
Alfred Métraux
Atahuallpa
Benjamín Carrión

1.- Antes de los Incas
2. Los emperadores Incas

3. El campesinado inca

4. Casta y organización de los Incas

5. La Religión Inca

6. Los Incas después de la conquista

7. Renacimiento y decadencia de los Incas

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