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Piratas en América

El imperio español decía ser eterno, y también lo creía: tenía la firma papal (Alejandro VI): todo el  territorio conquistado era “inalienable e intransferible”. Invocaban entonces un “derecho divino” no sólo ante los indígenas sino también ante sus vecinos ingleses, que hacía poco habían formado su propia Iglesia independiente. Los enemigos de España, corsarios y bucaneros primero, luego filibusteros, en su mayoría ingleses, eran, a los ojos de la corona española, no sólo "piratas ladrones sino también herejes"; en la América colonial se confundía la guerra religiosa, cuando los ingleses gritaban “muerte a los papistas!”, con la guerra territorial o la lucha por el oro; mientras que en Europa estaba, por épocas, todo en paz entre las dos naciones.

Piratas

Los barcos corsarios llevaban patentes reales; ésta era su diferencia con los piratas: viajaban bajo el auspicio y la protección del rey, atacando en principio únicamente a los barcos enemigos y pagando una parte a la corona. Tenían su capital en Dieppe, Francia, y se dice que Jean Fluery se apoderó de los tesoros de Moctezuma que cargaba una flotilla de Hernán Cortés. Los corsarios ya habían aparecido en las cercanías de América antes de cumplirse los 50 años de su descubrimiento por Colón.

Después de los corsarios franceses vinieron los ingleses, amparados también por la corona; Isabel de Inglaterra sostenía que los mares y los cielos son de todos...uno de los primeros fue John Hawkins, el primero en llevar esclavos negros a América. Y luego el famoso Francis Drake (vencedor de la Armada Invencible), que se presentó, al igual que Colón, ante la reina y le presentó un plan de saqueo de las ciudades de la costa occidental de América, pasando por el estrecho de Magallanes; la reina le otorgó cinco navíos y 160 navegantes escogidos para su "empresa". Fue el segundo hombre en cruzar el estrecho de Magallanes y el primer inglés en dar la vuelta al mundo; tras cruzar el estrecho con una sola nave (el resto se hundió), saqueó las costas de Perú y Chile, sembrando el terror, pero en su camino fue perseguido; huyendo hacia el norte, los vientos lo obligaron a descender en las costas californianas: él mismo proclamó esas tierras posesión de la reina Isabel de Inglaterra. Volvió a su tierra por oriente y fue nombrado caballero a su regreso, gracias a un acuerdo comercial que logró contratar con el sultán de las Molucas.

Primero fueron los corsarios, piratas legales y auspiciados por la corona; luego fueron los bucaneros y filibusteros, hombres libres y en cierta forma, amantes del trópico, “que tenían de franceses solamente el nombre”. Bucán era el lugar donde los indígenas caribes asaban y preparaban (para su conservación) la carne de sus víctimas, en las parrillas llamadas barbacoas. Los bucaneros vivían en alguna de las islas del Caribe, primero en Santo Domingo y luego en las Antillas, comerciando carne del ganado que los propios españoles habían introducido. Y la preparaban a la manera del bucán.

Generalmente franceses, los bucaneros vivían junto a los habitantes, casi todos agricultores, junto a su servidumbre traída especialmente de Europa, que después de tres años de servicio eran liberados ganando luego el estatus de bucaneros, y junto a los habitantes ocasionales llamados filibusteros: juerguistas, aventureros, conquistadores y piratas sin papeles. Los españoles odiaban a los bucaneros; los echaron muy pronto de Santo Domingo. Entonces los bucaneros se hicieron filibusteros y atacaron durante mucho tiempo las costas y sobretodo los mares orientales americanos, donde no solamente volvían a España los gordos galeones cargados de “plata del Potosí, maderas del Ecuador, chocolate Azteca y oro Incaico” sino también aquellos que salían desde España, con todo lo necesario para la manutención de la nobleza imperial: era el robo y la guerrilla en los mares.

Los filibusteros tenían sus propias leyes y una amistad “marinera” entre ellos, tanta que no arrugaban la cara a la hora de compartir una esposa. Pero dichos piratas no siempre tenían barcos: a veces tenían que hacerse con uno español, que abordaban mientras estaba anclado en alguna isla, reabasteciéndose, o con barcos menores. Entre sus leyes, el capitán era siempre el dueño del barco, se le pagaba por anticipado al cirujano, y se contemplaban pagos especiales según las heridas de guerra: un esclavo o cien escudos por la pérdida de un ojo, o dos escalvos o 200 escudos “si la herida lo obliga a llevar una cánula”.

Cada uno firmaba el contrato, el botín se repartía en partes iguales, incluso con el capitán (aunque a este le correspondía también el arriendo del barco). Se juraban lealtad y asistencia de dos en dos; si uno de ellos moría, el otro se quedaba con todas sus pertenencias...eran “los hermanos de la costa”. El capitán es casi uno más, no tiene privilegios salvo el mando. Quien infringe el contrato es dejado solo en una isla desierta.

La técnica más usada de piratería era la de la sorpresa; al avistar un barco español, se le acercaban y todos se echaban al piso (a lo mosquita muerta, como si fuera un barco apestado y en el cual sólo quedan algunos sobrevivientes), quedando a solas un marino y el capitán. A la señal abordaban, y eran terribles, rápidos y despiadados; no dudaban en matar a tiros o en arrojar al mar a los rebeldes. Quienes obedecían eran dejados vivos en alguna isla desierta. El atraque hasta la rendición no solía durar más de una hora. Después de los atraques llegaba la repartija, la prolongada fiesta, el alcohol y las mozas, ya en tierra firme. Cuando se agotaban los recursos volvían al mar, pero antes se depuraban dejando de juerguear en la propia isla, llamada de la Tortuga, abstemios, comían por varias semanas exclusivamente carne de tortuga, que decían ellos era depurativa y evacuaba los “malos humores”.

Pero las riquezas se agotan; finalizando el s. XVII se veían muchos menos galeones surcando el Atlántico, y los que navegaban ya no cargaban las riquezas de antaño. Los filibusteros no se iban a arriesgar por poca cosa, así es que se decidieron atacar las ciudades, fortificadas o no, como sus antecesores Drake, Cavendish o De Noort; un par de filibusteros franceses al mando de siete navíos robados a los españoles arrasaron con Maracaibo y la sitiaron por varios meses. Mantenían sus nombres en el anonimato, a pesar de que para algunos su fama era inevitable: Laurent de Graff hizo huir las escuadras de un par de almirantes de galeones reales; Grammont saqueó Veracruz, en las costas de Méjico, una de las ciudades mejor fortificadas de América; Montauban se movía entre Guinea y las Canarias, interesado en las riquezas de Sierra Leona. Este último había juntado tantas riquezas que organizó unas bacanales con toda la ciudad de Burdeos de fiesta por varias semanas.

Lo que más dolía a España no eran tanto los saqueos a las ciudades costeras o a los galeones del mar como el hecho de que los piratas se pasearan libremente por entre las Antillas, en el Mare Nostrum.

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Basado en:
Los Libertadores
P
aul Veyne

1.- Los españoles en la América conquistada

2.- Piratas en América

3.- La Araucanía

4.- Jesuitas en Suramérica

5.- América y el ocaso del imperio Español

6.- Francisco Miranda, el precursor

7.- Simón Bolívar y San Martín, Los Libertadores

8.- Caudillos: desorden después de las Independencias

 


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