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El pensamiento de los primeros hombres.
La ciencia de los aborígenes

ShuarLévi-Strauss nos muestra a través de los más variados ejemplos tomados de diversas regiones del planeta como las etnias primitivas han desarrollado cada una por su lado sistemas y estructuras para conocer al máximo su medioambiente. Dicho desarrollo se realiza por medio de lo que él denomina pensamiento mágico, o pensamiento mítico, que contrapone a veces a la ciencia moderna, pero que otras veces asocia por una buena cantidad de características comunes. Demuestra ante todo el gusto, la curiosidad, y más, la pasión por aprender y saber de un sinnúmero de etnias alrededor del globo, destruyendo con fuerza el prejuicio del hombre civilizado de considerar al primitivo como poco más que un animal sin ocupaciones intelectuales. Lévi-Strauss desprejuicia nuestras mentes con contundencia argumentativa, basada en el trabajo de decenas de investigadores in situ y de sus propias estadías junto a los hombres primitivos.

Comienza a desprejuiciarnos a partir de consideraciones concretas, lingüísticas y taxonómicas, para en una segunda parte plantear de manera abstracta las diferencias estructurales entre las dos maneras de hacer ciencia y de aprender, de pensar, llegando a destruir otro prejuicio: la ciencia del hombre natural no es una etapa de la ciencia del hombre civilizado, sino que es otra ciencia esencialmente distinta de percibir y comprender el mundo, pero que sin embargo llega, con alguna frecuencia, a los mismos resultados. Es otra lógica, como veremos más adelante, y sin embargo, por sus características, tiene todo el mérito de llamarse ciencia.

No es que todos los primeros hombres hayan pensado lo mismo acerca del mundo ni hayan elaborado las mismas estructuras para establecer una lógica de relaciones y de ordenamientos en la naturaleza; hay diferencias entre sus cosmologías, sus taxonomías, sus remedios. Lo que parecen tener en común, como un instinto, es la manera de pensar; por eso el autor generaliza y habla en términos de pensamiento mágico, salvaje, mítico. Hay etnias por ejemplo, que a pesar de tener nombres para muchas plantas y animales, no han incluido en su vocabulario palabras genéricas como árbol, felino, rumiante o ave; y aunque hay muchas etnias que si han incluido palabras genéricas en su vocabulario, el autor señala que de todos modos es más rica una cultura que ha identificado muchas especies naturales sin agruparlas en géneros, que otra que si las ha agrupado en género pero que es pobre a la hora de identificar sus diferencias o sobretodo, su utilidad. Más aún, y esto parece haber pasado desapercibido para el autor, el nombrar las plantas y los animales o el reunirlos genéricamente, sencillamente con un nombre y por un parecido visual, no es mayor riqueza que la cultura con menos identificaciones y clasificaciones taxonómicas pero que ha descubierto propiedades más ricas en el objeto, funciones, relaciones con otros objetos, etc.

La riqueza de una cultura no se mide solamente por el nombre que le hemos dado a los objetos, ni por la cantidad de objetos que hemos pobremente identificado sino por cuánto conocemos de cada objeto. Es decir, una cultura que solo le ha puesto el nombre de coca a la hoja de coca y la ha clasificado según su flor en un agrupamiento determinado, no es más rica que la cultura que habiéndole designado un nombre a la coca y sin haber relacionado su flor con otras plantas (principio civilizado de la taxonomía botánica), ha encontrado una importante relación con el hombre: su efecto determinado, su utilidad, y su metáfora también, su poesía, su relación con la psique, con la virtud. Cada integrante de la tribu lo sabía o lo iba a aprender, cada integrante era universal. Pero, ¿sabe cada integrante de la humanidad civlizada algo de química o de botánica o de gasfitería? ¿Demasiadas especializaciones? ¿Ya no es posible ser universal?

Por eso es una característica común a muchas etnias el designar solamente los objetos que son conocidos y que presentan alguna utilidad. Algunos investigadores, al hacer este descubrimiento en varios pueblos aborígenes diferentes, tacharon a su pensamiento de utilitarista e incluso llegaron a decir que su ciencia se basaba en los dictámenes de su estómago. Pero no supieron ver en esta manera de pensar las cosas una búsqueda irrenunciable de sentido, que no se limita solamente al nombre y la apariencia visual del objeto sino que quiere siempre establecer un nexo, directo o indirecto con el hombre. Y por otra parte, Lévi-Strauss señala que de todos modos hay una gran cantidad de culturas primitivas que muestran una auténtica e ilimitada curiosidad por la naturaleza y cada objeto de su medioambiente, con una fuerza evidentemente utilitarista pero también sencillamente filosófica. Los hombres naturales son todos, todos, botánicos, etólogos y zoólogos expertos; en este sentido, su cultura no tiene analfabetos adultos, y todos los jóvenes se preocupan siempre por alcanzar la sabiduría de los padres. Su botánica y su zoología no tienen nada que envidiarle a las ciencias naturales civilizadas, son autosuficientes y podrían estar allí miles de años; su taxonomía y su método de conocer plantas y animales, además de presentar una rica variedad según las etnias, se asienta sobre una multiplicidad de factores (sabor, olor, forma, color, sonido, textura, utilidad…) que supera largamente a la taxonomía moderna. Ésta es también una crítica de Lévi-Strauss; el antiguo principio taxonómico occidental se basaba en niveles y distinciones: reino animal, mamíferos, primates, chimpancé; pero no se establecen nexos (también taxonómicos) entre el chimpancé o una parte del chimpancé, y algún otro conjunto de elementos comunes. Tampoco la ciencia contemporánea parece hacerlo: jamás se le ocurriría asociar, como hacen algunos indígenas de la América del norte, la punta negra de la cola del puma con el carbón; el carbón es mineral, el puma es un felino, pero el pensamiento salvaje busca semejanzas. Busca el sentido de lo negro. Los factores o elementos contingentes no son considerados en la taxonomía tradicional, mientras que las clasificaciones primitivas, con su amor por el detalle, los consideran mucho, como por ejemplo en Filipinas, donde varias etnias toman al sabor amargo como un factor de clasificación (al amargor lo relacionan con la capacidad de aliviar males estomacales).

“Por tanto, entre magia y ciencia, la primera diferencia sería, desde este punto de vista (el conocimiento objetivo), que una postula un determinismo global e integral, en tanto que la otra opera distinguiendo niveles, algunos de los cuales, solamente, admiten formas de determinismo que se consideran inaplicables a otros niveles”.

En este sentido el pensamiento mágico practica, en general, una taxonomía (más asociativa que clasificatoria) que incluye a los elementos y a los objetos (considerados como conjuntos de elementos reunidos), mientras que la taxonomía del pensamiento civilizado es más estratificante que asociativa: busca siempre elementos comunes que logren reunir en una misma clase al mayor número posible de cosas y de seres, pero en si misma no clasifica elementos sino tan solo objetos; es decir, la taxonomía civilizada es masiva, quiere abarcarlo todo, más que asociarlo, quiere clasificarlo, distinguirlo de los demás por su pertenencia a una clase: es una taxonomía objetiva en la que echamos de menos una taxonomía elemental. El pensamiento mágico se preocupa más en su taxonomía del objeto mismo que de los elementos comunes con otros objetos; para reconocerlo no se fija en un elemento único, la flor por ejemplo, para luego buscar su identificación en un libro, sino que lo huele, lo prueba, lo mira, lo raspa, quiebra y busca sus particularidades.

"A menudo, he visto a un negrito [pigmeo de las Filipinas], que no estaba seguro de la identidad de una planta, gustar el fruto, oler las hojas, quebrar y examinar el tallo, echar una mirada al hábitat. Y, solamente cuando haya tomado en cuenta todos estos datos, declarará conocer o ignorar la planta de que se trata. (Fox en The Pinatubo Negritoes)".

Y sin embargo sabemos que en la actualidad, tanto en taxonomía natural como en matemáticas y otras ciencias, se han establecido ya nuevos criterios de clasificación y por tanto, también de lógica. Es decir, poco a poco, la ciencia civilizada se va acercando en su constitución, al pensamiento mágico de los hombres naturales, sin dejar por ello de lado al pensamiento científico tradicional. Percibimos con asombro en el pensamiento mágico una infinita pasión por el detalle, desde el día a día de las cosas útiles hasta los ritos religiosos, pasión que puede llegar a confundirse equivocadamente con la obsesión, pero que es en esencia el resultado tanto del placer por aprender como del desarrollo de técnicas y sistemas de observación e identificación.

Este saber, y los medios lingüísticos de que dispone (no solo los nombres objetivos sino también constitutivos), se extiende también a la morfología. La lengua tewa, por ejemplo, utiliza términos distintos para cada parte, o casi, del cuerpo de las aves y de los mamíferos (Henderson y Harrington). La descripción morfológica de las hojas de los árboles o de las plantas, cuenta con cuarenta términos, y hay quince términos distintos que corresponden a las diferentes partes de una planta de maíz. Para describir las partes constitutivas y las propiedades de los vegetales, los hanunóo tienen más de 150 términos, que connotan las categorías de función de las cuales identifican las plantas “y discuten entre ellos acerca de centenares de caracteres que las distinguen, y a menudo corresponden a propiedades significativas, tanto medicinales como alimenticias” (Conklin). Los pinatubo, entre los cuales se han contado más de 600 plantas con nombre, “no tienen solamente un conocimiento fabuloso de estas plantas y de sus modos de utilización; emplean más de 100 términos para describir sus partes o aspectos característicos (R.B. Fox).

Aquí en pocas palabras el espíritu científico primitivo:

"La invocación que acompaña al cruce de una corriente de agua se divide en varias partes, que corresponden respectivamente al momento en que los viajeros meten los pies en el agua, en que los desplazan, en que el agua recubre completamente sus pies; la invocación al viento separa los momentos en que el frescor es percibido solamente sobre las partes mojadas del cuerpo, luego aquí, después allá, y por último sobre toda la epidermis: “solamente entonces podemos avanzar con seguridad” (Fletcher). Como lo explica exactamente el informador, “debemos dirigir una encantación especial a cada cosa que encontramos, pues Tirawa, el espíritu supremo, reside en todas las cosas, y todo lo que encontramos, mientras vamos de camino, puede socorrernos… se nos ha enseñado a prestar atención a todo lo que vemos".

Pero yo diría también, y esto se le escapó a Lévi-Strauss, que la diferencia fundamental entre los métodos de conocer las cosas y los seres entre el hombre moderno y el natural, se ubica en sus respectivos centros de interés; para la ciencia moderna el centro de interés ha estado colocado mucho tiempo en la totalidad, en la descripción y recopilación de todo lo que existe; mientras que para la ciencia del hombre primitivo el centro de atención nunca dejó de estar colocado sobre su entorno y nada más que su entorno, y en su relación con el hombre (utilidad). Las pequeñas etnias también se ocuparon en conocer su totalidad, la humanidad no hace otra cosa, pero su todo es mucho más grande, su todo es colectivo y no integrado en cada uno de los hombres civilizados. La diferencia importante es que cada hombre y mujer naturales, o “primitivos”, llegaba a conocer personalmente su todo, cada hombre natural era un zoólogo, un etólogo y un botánico, mientras que en la humanidad civilizada, se perdió, poco después del nacimiento de la agricultura, el carácter integral del hombre natural del que provenía. El hombre civilizado se convirtió en parte, en zapatero, alfarero, tejedor, agricultor, cazador; con la civilización comenzó la división del trabajo, y con ésta se perdió el carácter integral del hombre natural; esto fue dicho hace mucho tiempo con otra combinación de palabras por Engels y por Marx. Y con ello perdió quizás su bella curiosidad ancestral, su afición a probar, manipular, sentirlo todo. Esto es en parte lo que Lévi-Strauss llama paradoja neolítica, pues hace notar una detención del espíritu científico después del descubrimiento de los metales, que es interpretado como un cambio en la manera de analizar las cosas, y que por lo tanto niega que el pensamiento mágico sea predecesor del pensamiento científico:

"El hombre del neolítico o de la protohistoria es, pues, el heredero de una larga tradición científica; sin embargo, si el espíritu que lo inspiró a él, lo mismo que a todos sus antepasados, hubiese sido exactamente el mismo que el de los modernos, ¿cómo podríamos comprender que se haya detenido, y que varios milenios de estancamiento se intercalen, como un descansillo, entre la revolución neolítica y la ciencia contemporánea? La paradoja no admite más que una solución: la de que existen dos modos distintos de pensamiento científico, que tanto el uno como el otro son función, no de etapas desiguales de desarrollo del espíritu humano, sino de los dos niveles estratégicos en que la naturaleza se deja atacar por el conocimiento científico: uno de ellos aproximativamente ajustado al de la percepción y la imaginación y el otro desplazado; como si las relaciones necesarias, que constituyen el objeto de toda ciencia- sea neolítica o moderna-, pudiesen alcanzarse por dos vías diferentes: una de ellas muy cercana a la intuición sensible y la otra más alejada".

No es la intención de Lévi-Strauss comparar el hombre civilizado con el hombre primitivo sino más bien reivindicar la bella e integral humanidad del segundo, su intelectualidad práctica pero también su curiosidad pura, sus métodos de intelección. Esto es lo totalmente novedoso para nosotros, que desde siempre se nos enseñó a considerar al primitivo como poco más que un mono. “Como en las lenguas de oficios, la proliferación conceptual corresponde a una atención más sostenida sobre las propiedades de lo real, a un interés más despierto a las distinciones que se pueden hacer. Este gusto por el conocimiento objetivo constituye uno de los aspectos más olvidados del pensamiento de los que llamamos “primitivos”. Si rara vez se dirige hacia realidades del mismo nivel en el que se mueve la ciencia moderna, supone acciones intelectuales y métodos de observación comparables” El prejuicio de utilitarismo en la mente primitiva queda negado por los hallazgos antropológicos: “De tales ejemplos (de curiosidad no utilitarista), que podríamos encontrar en todas las regiones del mundo, se podría inferir de buen grado que las especies animales y vegetales no son conocidas más que porque son útiles, sino que se las declara útiles o interesantes porque primero se las conoce”.

El hombre natural practica la “observación total”, realiza un “inventario sistemático de las relaciones y de los vínculos”, ¡y esto ocurre en la mayoría de las agrupaciones humanas primitivas! Y cuando se estudian no solo los objetos sino también los vínculos se entra al terreno de las causas… terreno sagrado de la Magia. Así define Evans-Pritchard (“Witchcraft” Africa, vol.8, núm 4, p418-419) a la brujería: como un sistema de filosofía natural que supone una teoría de las causas. Pero Lévi-Strauss no indaga sobre el origen de esta curiosidad tan proyectiva como científica; ¿es instintiva?, ¿o es adquirida?; está tan difundida en el planeta que fácilmente se puede pensar en un instinto científico natural en el hombre. Las prácticas medicinales, rituales y mágicas, al igual que el conocimiento botánico y zoológico, se acumulan de generación en generación, testimonian una ciencia asombrosamente integral en cada uno de los hombres, aunque todavía más en los ancianos sabios. Habría que preguntarse en la posibilidad de que la curiosidad omnívora y la ciencia integral naciesen a partir de fuentes exógenas, de plantas sagradas con una especial relación con los hombres, o si la curiosidad nace en el seno de los ritos de iniciación practicados por infinidad de tribus en todo el globo. Esto no es respondido ni mencionado por Lévi-Strauss en todo su libro. Lo que nos queda claro con la argumentación ofrecida es que su curiosidad no está subordinada a sus necesidades alimenticias. Veremos más adelante como los ritos de iniciación están estrechamente relacionados con la ciencia y la curiosidad total del hombre salvaje; casi todos los ritos iniciáticos son entendidos como un renacimiento al mundo, como un despertar a la armonía que todos los iniciados conocen, después de morir en vida, después de apagar su pensamiento infantil.

Luego de una crítica a la taxonomía tradicional, afirmando que en vista de tantas cosas y seres es posible hacer muchas clasificaciones distintas a la tradicional y tomando en cuenta parámetros de otra índole que no sean la reunión masiva por semejanzas visuales o funcionales, muestra y compara las estructuras de los pensamientos salvaje y científico. Pensamiento mágico y pensamiento científico tienen puntos en común, pero en su proceder son casi simétricamente inversos; el pensamiento mágico produce acontecimientos a partir de sus teorías, mientras que el pensamiento científico produce teorías a partir de acontecimientos, directa o indirectamente, puesto que también puede producir teorías a partir de teorías predecesoras: “… lo propio del pensamiento mítico,… consiste en elaborar conjuntos estructurados, no directamente de otros conjuntos estructurados, sino utilizando residuos y restos de acontecimientos”, es decir que no hace una colección copiosa de acontecimientos frescos para construir sus teorías sino que le bastan unas pocas experimentaciones de segunda mano para hacer teorías (o estructuras como las llama Lévi-Strauss), y esto es porque su teoría arraiga mucho más en su pensamiento que en el acontecimiento en cuestión, porque se las tiene que arreglar con lo que tiene, y porque el pensamiento mágico tiene trascendencia, diacronía (de donde recupera esos residuos y restos de acontecimientos) y sincronía para poner en marcha en seguida su estructura. La teoría científica predice; la teoría mágica produce.

“Hemos distinguido al sabio del bricoleur [el fabricante de teorías a partir de residuos y restos de experiencias] por las funciones inversas que, en el orden instrumental y final, asignan al acontecimiento y a la estructura, uno de ellos haciendo acontecimientos (cambiar el mundo) por medio de estructuras y el otro estructuras por medio de acontecimientos (fórmula inexacta en esta forma tajante, pero que nuestro análisis debe permitir matizar)”.

El pensamiento mágico elabora estructuras con acontecimientos tanto sincrónicos como diacrónicos, y luego fabrica acontecimientos sincrónicos a partir de sus estructuras. De todos modos la ciencia ha demostrado con creces que tiene trabajadores de pensamiento mágico, teóricos puros capaces de adelantarse a los acontecimientos que probarán sus teorías.

¿Pero cuáles son esos acontecimientos que genera el pensamiento mágico a partir de sus estructuras igualmente mágicas? Un simple rito es un ordenamiento, una estructura, que si estuviese demostrada podría llamarse perfectamente teoría; un rito es casi un dogma si es que no existe el mago que lo comprenda. El ejemplo del río nos viene al dedo; los cánticos y los detalles para cruzarlo, pensando-cantando cada uno de los pasos a seguir, conforman los elementos de la estructura “cruzando el río”, que logra el acontecimiento final y esperado: “éxito al cruzar el río”; la estructura misma es puro pensamiento y acto. El pensamiento científico tiene que construir y diseñar una estructura física para cruzar el río, con lo cual también logra el acontecimiento “éxito al cruzar el río”. Salvo que el pensamiento salvaje lo logra directamente, mientras que el científico solo por medio de un fatigoso pero práctico intermediario. Tiene que construir un teléfono celular para comunicarse a la distancia con otro hombre; el pensamiento mágico no necesita un aparato, puesto que practica la telepatía, o dice practicarla. No perturba entonces el pensamiento mágico al medio ambiente, no lo explota, no necesita materias primas físicas. Y quizás finalmente, en muchos casos, el pensamiento científico tras un larguísimo rodeo logra alcanzar los resultados de un pensamiento mágico de camino recto, que nos espera protegido y salvaguardado para el futuro en las colecciones de libros, papers y etnias vivas con un saber natural acumulado milenario.

“Vale la pena ahondar en la comparación, porque nos permite acceder mejor a las relaciones reales entre los dos tipos de conocimiento científicos que hemos distinguido. El bricoleur es capaz de ejecutar un gran número de tareas diversificadas; pero a diferencia del ingeniero, no subordina ninguna de ellas a la obtención de materias primas y de instrumentos concebidos y obtenidos a la medida de su proyecto: su universo instrumental está cerrado y la regla de juego es siempre la de arreglárselas con “lo que uno tenga”,…”.

El pensamiento científico acumula experimentación y a partir de aquella genera tendencias, estructuras, teorías, con las cuales puede finalmente predecir resultados. El pensamiento mágico, además de ser soberanamente ahorrativo en recursos y eficiente a la hora de teorizar, no solo predice resultados, sino que los genera. No es de extrañar por lo tanto, que haya sido la mente poderosa de pensadores mágicos, e insisto, culturalmente milenarios, la que con su voluntad y presencia (por medio de estados voluntarios y determinados) haya colaborado a generar las plantas y los polvos medicinales y sagrados, por proyección. De paso podemos dejar planteada una prolongación de esta dialéctica entre teoría y experiencia, con la física cuántica: la influencia del investigador y el aparato de investigación sobre lo investigado. Esto no se resuelve más que por una cuestión de armonía entre los estados de lo investigado y del investigador, noble esencia del pensamiento mágico. Es la persistencia en un Estar, la que por medio del Ser, transfiere su Estado. Es la conciencia de la unión de Estados (armonía) lo que destrona al principio de Incertidumbre; con dicha conciencia será siempre el Ser quien determine al Estar: soy el estado que me plazca, cambio de estado a voluntad, porque más que estar, soy. El Ser es la estructura teórica del pensamiento mágico, mientras que el Estar es el generador de acontecimientos, la estructura generadora. “Cuando un brujo-curandero del este canadiense recoge raíces, hojas o cortezas medicinales, no deja de conciliarse al alma de la planta depositando al pie una menuda ofrenda de tabaco; pues está convencido de que, sin el concurso del alma, el “cuerpo” de la planta no tendría, por sí solo, ninguna eficacia”.

"Por su parte, el pensamiento mítico no es solamente prisionero de acontecimientos y de experiencias que dispone y redispone incansablemente para descubrirles un sentido; es también liberador, por la protesta que eleva contra el no-sentido, con el cual la ciencia se había resignado, al principio, a transigir"...el dios Azar de la ciencia.

No solamente en la medicina ancestral podemos sospechar de procedimientos científicos de ensayo y error, también en otras áreas: “para elaborar las técnicas, a menudo prolongadas y complejas, que permiten cultivar sin tierra, o bien sin agua, cambiar granos o raíces tóxicas en alimentos por medio de la cocción o adición de más ingredientes, o todavía más, utilizar esta toxicidad para la caza, la guerra, el ritual, no nos quepa la menor duda de que se requirió una actitud mental verdaderamente científica, una curiosidad asidua y perpetuamente despierta, un gusto del conocimiento por el placer de conocer”.

En cuanto a la defensa de la ciencia por sobre el descubrimiento fortuito: “se ha tratado de saber lo que pasaría si el mineral de cobre se hubiese mezclado accidentalmente en un fogón: experiencias múltiples y variadas han establecido que no pasaría nada. El procedimiento más simple al que se haya llegado para obtener metal fundido consiste en calentar intensamente malaquita finamente pulverizada en una copa de arcilla cubierta con una vasija invertida. Este solo resultado aprisiona ya al azar en el recinto del fogón de un alfarero especialista en cerámica vidriada”.

Al final de cuentas, nos queda esa sensación de un hombre primitivo curioso y poeta, integral, y esa otra sensación de un hombre civilizado y fragmentado, despojado de curiosidad, pero que hormiga a hormiga a logrado un ser colectivo moderno, una civilización hija de la ciencia, maravillosa, creativa y curiosa por donde se mire, es un logro colectivo supremo. Hay que juntar estas dos humanidades, estos dos espíritus curiosos, juntar al primitivo con el científico, así el hombre civilizado será más que científico o carpintero o doctor, será un poco de todo en una humanidad exuberante.

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