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Una explosión de semillas en las húmedas praderas de tu mente




Aforismos

Por Álvaro Riquelme

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Alma. Mucha gente pronuncia la palabra alma sin saber ni de lejos lo que puede ser el alma. Otros tantos la pronuncian pensando en la definición bastante ligera que les habrá dado un cura o su propia madre, algo así como una parte inmaterial de nosotros mismos que puede ser castigada o premiada por un Dios todopoderoso que juzga, la definen como el ser que vive dentro de nosotros o que nosotros somos (esto no está claro y ni siquiera se lo cuestionan) y que no muere, que se va a vivir con los angelitos después de la muerte. Esa es el alma a la católica. En Oriente el concepto es más o menos el mismo, sólo que en vez de creer que se va a un cielo o un infierno, se cree que el alma reencarna en este mismo planeta, como animal, o como hombre. Pero en cualquier caso no deja de ser una creencia sin experiencia, una creencia de oídas. Tan solo unas pocas excepciones tienen contacto directo con su propia alma, tan solo unos pocos y unas pocas conversan, preguntan o juegan adivinanzas con la voz profunda y ligerísima (y por lo tanto muy escurridiza) que emerge en el silencio de las cabezotas. Yo mismo no me considero más que un aprendiz, un recién llegado a las tierras del alma.

Y es que conocer el alma, no por otros sino por si mismo y en si mismo, NO es como conocer a una nueva persona en la vida; debería ser un motivo de extrañeza, de desconcierto, de profunda meditación y sobretodo, de enamoramiento, de incansable búsqueda, pues el alma es algo que lo deja a uno ultra pensativo y hasta podría decirse, visto desde fuera, preocupado. Yo diría que lo deja a uno ansioso, ansioso por saber más, porque el alma cuando aparece siempre nos deja con ganas; el descubrimiento del alma por el individuo podría equipararse muy bien con el descubrimiento de la sexualidad por parte del nuevo púber. Esta es una cualidad del alma de algunas personas, mostrarse de a poquito, nuestro progreso es lento, aunque el entusiasmo es inmenso. Imaginad una mujer hermosísima, la más hermosa, acercándose a uno en la calle, dándonos repentinamente un beso, y luego desapareciendo más rápida que la luz. Nos deja pestañando extrañados, como si hubiésemos recién pescado un sueño increíble mientras dormíamos. El problema o la gracia es que vuelve, vuelve de improviso y nos planta otro beso, y otro, y otro, y así nos va enamorando hasta el punto de hacernos rechazar a toda la humanidad por estúpida y superficial, para aislarnos y adentrarnos en nuestra selva mental llena de sorpresas y picaduras de pequeños chupasangres, pero también de hermosuras imposibles, de enigmas, de adivinanzas que ponen siempre a prueba nuestra inteligencia. Nunca he llegado a saciarme del alma, y por esto es que digo que soy nada más que un aventurero primerizo en estas artes, y por eso la sigo buscando hasta responder la pregunta: ¿qué eres, qué puedes, qué sabes, alma mía?

“Para quien ha vivido años enteros, noche y día a solas con su alma, empeñado en las querellas más íntimas y en los diálogos más secretos, en su caverna (que talvez sea un laberinto o una mina de oro); ése se convierte en un oso de las cavernas y en un buscador de tesoros, o en el dragón guardián de un tesoro; sus ideas acaban también por tomar un tinte crepuscular, un olor a caverna y a moho, un carácter incomunicable y rudo, y su aliento hiela a todos los que pasan a su lado.”  §289, Más allá del Bien y del Mal, Federico Nietzsche.

Abundan los pensadores y sabios del alma, tanto quizás como los charlatanes; nos hablan de viajes astrales por la mente y la memoria, de otras vidas con la misma alma, de recorridos por infiernos y cielos. Hay indicios más o menos frecuentes del alma en todas partes cuando se está expuesto a los medios de comunicación: hipnosis, posesiones, encarnaciones, viajes sin cuerpo a lugares lejanos … almas como dragones luchando entre si por el control de un cuerpo, o almas amigas, que acogen en la casa mental a otras almas amigas para conversar casi entre sueños. Incluso sin medios de comunicación modernos, en muchas etnias y tribus en todo el mundo había y todavía hay un constante y decidido interés por el alma, interés que se manifiesta no en doctrinas y libros sino en vívidas experiencias. Todo lo contrario de los integrantes de las sociedades modernas que no le prestan atención a este tema, no les interesa; yo soy arquitecto, dicen, no soy sacerdote, prefieren saber de la vida de un futbolista, de un actor, de un cantante o de un gran filósofo, pero al alma no le dedican ni un rábano. Y no es que haya que ser cura o eremita toda una vida para conocer al alma. Hay que comenzar por prestarle interés, por buscar medios para llegar a ella. ¿Porqué no dedicarle un año o dos al eremita? ¿Porqué no simplemente probar un enteógeno con la ayuda de algún guía? Para eso hay que estar entusiasmados, y el primer interés nace casi siempre en uno, cuando se encuentra con párrafos como estos, donde alguien cree saber algunas cosas del alma.

La primera fuente, y la más a mano, que ha tenido y tiene cualquier hombre o mujer de todos los tiempos para empezar a conocer al alma son los sueños. Los sueños son creaciones del alma. Creaciones, pero ¿de la propia alma o de almas ajenas? Al creador de los sueños los sicólogos modernos le llaman inconsciente, término totalmente denigrante para con el alma; es como decirle a alguien “tú eres un no-rubio”; pero así la jerga científica, con dicho término, confiesa que sólo sabe de esa parte de nosotros lo que no es esa parte: no es conciencia, dicen. Por doquier, en la antigüedad y todavía en muchas tribus que no han querido “modernizarse”, los sueños han sido siempre muy respetados. En medio de nuestra modernidad, los sueños son parte del ámbito privado, no son en ningún caso tema de estudio en las escuelas o los colegios. Durante doce años de educación primaria y segundaria laicas, nunca tuvimos una materia que nos explicara los sueños. Tuvimos una o dos clases de análisis bioquímico y biológico del sueño, pero nunca un estudio psicológico y filosófico. Es decir, las matemáticas y la geografía son más importantes, para nuestra tan admirada sociedad, que esa voz y esas imágenes que nos acompañarán por siempre: la mente y los sueños. Se adiestran los cuerpos con ejercicios, pero se nos deja a solas con nuestra mente a cuestas. Y esto es fundamental si pretendo hacer una filosofía del alma, porque el alma está en ambas, en la mente y en los sueños, pero también en otros lugares.

La segunda fuente para conocer al alma, no tan a mano como la primera, es la meditación budista. El budismo te enseña a hacer silencio, a callar tu voz, para que así puedas hallar la voz del alma, y sus palabras, imágenes, símbolos y sensaciones. Ahora recuerdo una clase de Reiki dictada por una profesora que no conocía el silencio mental; en plena clase, cuando cerrando los ojos nos invitaba a imaginar visualmente lo que ella iba diciendo mediante palabras, le dije después del ejercicio que si no era mejor poner la mente en blanco para que en vez de crear imágenes mediante la conciencia, recibirlas del alma; en otras palabras, si no era mejor hacer silencio y entregar la atención a las imágenes no queridas por la conciencia. Todos allí me miraron extrañados, diciéndome que eso sólo lo podía hacer un Buda, un ser excepcional, como si fuera imposible silenciar la mente. Yo había practicado meditación un par de años antes, con empecinamiento. En el momento “menos pensado”, me di cuenta que no estaba pensando en nada, que reinaba el silencio en mi mente; los ruidos exteriores los oía sin escucharlos, permaneciendo siempre atento a ver si algún pensamiento de mi mente se asomaba: no se asomaba ninguno. Por eso cuando la profesora me dio a entender algo así como “cállate chicuelo, yo soy la maestra Reiki aquí”, me quedé callado, arrepentido un poco de los cien dólares que me había costado el curso.

La tercera fuente para empezar a conocer al alma es todavía más rara que la segunda. Se trata del eremitismo, del aislamiento voluntario y temporal, por dos lunas como ejemplo. Un eremitismo entusiasta, que sabe que no será 20 años un eremita, pero que sin embargo no quiere por ningún motivo quedarse con las manos vacías. He escuchado que el aislamiento puede ser peligroso, pero la recompensa bien vale el riesgo para los osados. El aislamiento voluntario es en realidad un ritual muy antiguo, practicado tanto por faraones como por adolescentes iniciados a la vida adulta. Muchas tribus africanas, americanas o asiáticas, sin haberse comunicado entre ellas, practicaban un mismo rito iniciático en el que un joven era aislado completamente de sus compañeros por algún tiempo (un par de semanas o un par de meses); se le decía que debía morir el que había sido hasta ahora para convertirse en un hombre nuevo; se le decía que dejaba de ser un niño y se convertía en un adulto, conocedor del mundo de los adultos. Su aislamiento simulaba la muerte, debía imitar a un muerto, es decir, debía estarse perfectamente quieto y sin ningún pensamiento, como un muerto; debía apagar el pensamiento, hacerse dueño de su mente. En los monasterios de todo el planeta se han practicado rituales muy parecidos, su denominador común es el mismo: el aislamiento. Los primeros monjes cristianos, los monjes budistas, los ascetas hindúes, todos han pasado por el mismo punto en común: el aislamiento voluntario.

¿Pero quién tiene tiempo para el alma? ¿A quién le interesa? Las pocas veces en que se presenta una oportunidad de conocerla, leyendo o escuchando algo, pronto se olvida. El alma tampoco parece estar interesada en conocer al hombre, quizás el camino sea muy largo y difícil. Quizás el alma prepara el camino para el encuentro con la conciencia en otro tiempo futuro. O simplemente, y esta es mi explicación preferida, el alma no puede encontrarse con la conciencia mientras ambas no habiten en la misma frecuencia, mientras la conciencia no alcance el estado energético del alma. Habrá matices entre ambos estados energéticos, la conciencia se irá acercando al estado energético necesario para encontrarse con el alma, y la comunicación irá mejorando. Así, los primeros indicios de acercamiento aparecerán por medio de los sueños. Con niveles de pureza y energía corporales y mentales crecientes, proporcionados por la meditación budista, alma y realidad llegarán a superponerse, a encontrarse y reencontrarse. 

Un encuentro así requiere evidentemente de un esfuerzo tenaz por parte del hombre, ejercicios de pureza, concentración, respiración, aislamiento. Hay una cuarta fuente para conocer al alma, que vengo a mencionar solamente ahora, y que no requiere esfuerzo previo, sino posterior. Se trata de la ingestión de enteógenos, sustancias que crecen en la naturaleza bajo forma de vegetales, animales u hongos, que permiten una entrada veloz y sin esfuerzo a las tierras del alma; la ingesta de enteógenos coloca al hombre en el estado energético necesario para conocer al alma y el mundo espiritual. La ingesta de enteógenos deja débil al hombre, lo deja en deuda, debe dormir mucho tiempo, alimentarse y descansar para recuperarse. Lo que no ocurre con la vía endógena, mediante la meditación budista, pues esta libera energía sobrante, acumulada por los ejercicios. Las drogas en cambio, liberan energía de trabajo, la energía normal que carga el hombre, la gastan. La vía endógena, si se logra, tiene la cualidad de ser permanente y de no desgastar la vitalidad del individuo. La vía enteógena en cambio, es impermanente y desgasta el cuerpo. Además, la vía enteógena es peligrosa, puesto que logramos llegar a un estado maravilloso sin comprender su mecanismo; ese estado maravilloso enamora al individuo, que buscará más enteógenos para alcanzarlo, lo que por lo tanto desgastará su cuerpo con más rapidez que un hombre normal. Los enteógenos están allí para que el hombre sepa que existe un mundo espiritual al alcance, para decirnos que la realidad tal y cual la conoce el profano no es lo único que existe ni es tampoco toda la realidad. La realidad es más amplia. Pero los enteógenos no están allí, según pienso, como pasajes de avión para las tierras de la felicidad. Son alas prestadas que en cualquier momento pueden llegar a no estar disponibles.

Quien haya leído un poco de antropología se habrá dado cuenta que el interés y el contacto de los hombres “primitivos” con el mundo espiritual es infinitamente más pronunciado que el de los hombres civilizados de todos los tiempos. Lo que las tribus consideran plantas sagradas son, para las civilizaciones, drogas prohibidas. Los retiros espirituales, en perfecta soledad y silencio, fueron un común denominador entre innumerables tribus de todos los continentes, para todos los integrantes; en las civilizaciones dichos retiros son de exclusividad de un clero siempre poderoso. ¿Por qué ese desarraigo del mundo espiritual por parte del hombre moderno? ¿Qué tienen de espiritual esos millones y millones de creyentes? Creen, se someten a las leyes religiosas, o hacen creer que siguen leyes religiosas, pero no tienen nada de espiritual, o muy poco. ¿Por qué la espiritualidad no es el común denominador de la mayoría de los seres humanos?

No digo el ansia de espiritualidad sino la práctica de espiritualidad. ¿Porque nadie tiene tiempo? ¿Porque nadie tiene oportunidades de espiritualidad? ¿Porque no hay suficientes maestros espirituales? De cierta manera, el hombre de principios del siglo XXI no tiene ninguna excusa para no buscar el alma ni el mundo espiritual; las oportunidades están por todas partes, en la red hay miles de libros, todas las religiones, grandes y pequeñas, están más o menos al alcance de la mano, el mundo está globalizado, puedo averiguar cualquier cosa de cualquier país o pueblo. Hay oportunidades, el mundo está suficientemente alfabetizado en muchos lugares, pero en esos lugares no hay rastro de una soñada mayoría espiritual; quizás falte buen gusto para encontrar la aguja en el pajar, es decir, al buen libro, al buen maestro, entre tantos cientos de miles.

O quizás simplemente, el maravilloso mundo espiritual está reservado solamente para los más capaces, los más inteligentes, los más equilibrados, los más astutos. Quizás la naturaleza y la divinidad lo han querido así. ¿Creemos en la evolución? Entonces aceptaremos que un hombre nuevo viene naciendo desde hace mucho tiempo, un hombre nuevo muy pero muy parecido al homo sapiens. El denominador común de este hombre nuevo es su renacimiento, su reaprendizaje del lenguaje, del erguirse, del caminar. Murió su mente y renació nueva, limpia, atenta. De verdad murió la mente de su primer hombre, renacida, ya nunca más fue la misma. Buscó al alma el primer hombre, el segundo la encontró.

¿Qué es el alma entonces? ¿Qué es el espíritu? ¿Qué es espiritualidad? Preguntarse estas cosas es, desde luego, empezar una filosofía del alma. Responder estas preguntas es haber crecido una filosofía del alma hasta convertirla en una fértil doncella. Practicar estas respuestas, es convertirla en madre, convertir a la filosofía del alma en madre.

Le cuesta a la mente orgullosa aceptar la posibilidad de llevar consigo toda la vida a otro ser que le habla. Para comenzar a comprender el alma debemos darnos cuenta de esta dualidad fundamental en el hombre.

El solitario y su alma se cazaron juntos, no estando claro quien persiguió con más ahínco al otro, aunque siempre afirmen que el alma ofrece la primera iniciativa, como un guiño, una sonrisa, un sueño. Buen tino del solitario, decidido como nunca antes, a penas la vio asomarse la persiguió hasta enamorarla, hasta que el alma se entregara dispuesta. Lo dejó todo, como hacen los mejores amores: hombres, amigos, tareas pendientes, novias, y corrió el siempre temible riesgo de no encontrarla ni saber donde buscarla. La encontré caminando. ¿Quién hubiera pensado que en realidad le estaba huyendo? Huyeron y se cazaron juntos. Y ahora no es que vivan muy felices, ya no andan por las calles saltando de alegría y llorando imposibles, el entusiasmo se enfrió un poco; pero alma y solitario han encontrado lo que pocas parejas logran poseer: una tranquilidad a toda prueba, no se pelean casi nunca, tanto se han amado que los elogios van y vienen de lado y lado, eres tan astuta alma mía, dice el solitario, que va! contesta el alma, sin ti aún lloraría, yo solo soy tu cría, tu pintora y tu mensajera. ¿Nena? Tú ya eres reina.

Aunque no siempre es tan fluida su conversación; han aprendido a quedarse callados y a separarse, ambos, tanto como a trabajar juntos. Era ese silencio tan prolongado lo que exasperaba con frecuencia al solitario, y también lo que lo hacía volver donde los hombres; no comprendía el carácter femenino de las almas. El solitario tiene que ir a su encuentro, tiene que seducirla hasta conquistarla todos los días; colonizarla, dijo un marinero experimentado. O todas las noches, o desde las noches. Es una hembra difícil el alma, tiene un carácter felino. Cuando parece que se ha dejado atrapar se da vuelta y te huye, si antes no te da un zarpazo y te mata, en sentido figurado claro, te tumba al rey, te duerme, porque siempre hay un nuevo juego que comienza cuando se ha limpiado el tablero. Es una hembra difícil.

Pero una vez enamorada es muy capaz de traernos el desayuno a la cama, de entregarnos un sueño fresco, rojo y vaporoso en nuestra madrugada, o de maullar furiosa para que despiertes. No es fácil el alma, se cansa uno de andarla siguiendo. Pero cuando se la conquista, o mejor, cuando se la coloniza, es un Sol. Tarea de solitarios. Una vez casados, el solitario en el alma, o el alma en el solitario, según la hora, todo es más simple; él sabe seducirla, atraerla, y ella puede amarle sin temor, puede mostrarse desnuda sin temor a un infarto, porque sépanlo, el alma asusta, y siempre duele la primera vez.

Es como si una mañana despertaras con una pantera negra en la cama. Eso si es que tienes la suerte de encontrar al alma desnuda, algo más bien raro porque a las almas no le agradan los hombres; o les huyen o los devoran; solo soportan a los solitarios, y no los quieren bien hasta que han sabido domarlas. Dicen por ahí, aunque a mí todavía no me consta, que la seducción del alma va del negro al amarillo, de la pantera a la leona, que el alma se va aclarando de a poco, pasando por el tigre, el guepardo, el leopardo y el jaguar. Aunque los más entendidos añaden que en almas excepcionales, antes de la pantera negra hay una tigresa albina, blanca como un atardecer paralizado.

Llanto. De pronto y veo alguna llorona en la calle, en la casona, en mi vida, con llanto cansado de buscar y mirar por alguna salida, por no ser más el que se es, por un cambio, un regreso, una mejoría. Es un llanto encontrado en la calle, en mi esfera. Y en la calle surge mi filosofía del llanto, de la empiria misma, fresca, florida, casi acogollada. ¿Qué hacer ante ese llanto de mujer? Llora el interior, al menos no le han pegado. ¿Cuándo veré un llanto de hombre? ¿Dónde han quedado nuestros lamentos adolescentes de antaño? ¿En dónde lloraban? ¿Lejos, tan lejos, no hablaron nunca? ¿O no estaban? Ahora comprendo los llantos. ¡Si pudiera regalarle unas ligeras carcajadas para que los mate! Quien se atreve a justificar tanto llanto? Pero la risa no mata los llantos, los esconde nada más; solo el buen olvido voluntario, el agüita silenciosa, es capaz de apagarlos para siempre.

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