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Una explosión de semillas en las húmedas praderas de tu mente




Aforismos

Por Álvaro Riquelme

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Camello. Oasis. Vaya oasis alegre el que hemos conseguido; ¿o es una trinchera? ¿o quizás un puerto? ¿los tres? Todavía hay un poco de polvo en mis sendas; mi camello bien provisto de saciedades de toda índole avanza imperturbable a través de las tormentas repentinas de cansancios, ansiedades y deseos.

Su rostro no se arruga, no busca el oasis, casi no lo desea; sabe que ha de llegar, bienvenido sea, a disfrutar sus frutos y refrescarse con sus aguas, con tal que no nos impida seguir, por más que nos tienten las buenas sombras estrelladas de las palmeras o nos inviten espejismos con olor a musa a renunciar a la meta. ¿Meta? Mi camello poco piensa en metas, se deja llevar. Algo sospecha y mucho aprende en los oasis, pero sólo el hombre sabe bien donde va. Ya estuvo antaño, en la meta. Quiere llegar y expandir sus sentidos, aguzar sus órganos, escuchar a los ángeles, quiere ver con ambos ojos el sueño y la vida, quiere una vida intensa, un ensueño largo colmado del cóctel esencial por el que esperó paciente tanto tiempo. Por eso quizás camina errante en la nada misma, pagando su meta con el opuesto.

Algo de guerra tiene su caminar y algo de trinchera su oasis. Lo invitan a quedarse, a cambiarse al otro bando. Su trinchera es un avance conquistado, una posición, un intercambio cruzado de deseos, una resistencia con deseos muertos de lado y lado. Pero también es un puerto: no viaja el camello solo, viaja también el hombre en medio de una nada aparente poblada de colores y fugaces pensamientos en lo profundo, que el hombre pesca con ánimo de marinero. El puerto lo recibe con alegría y amistad, sabiéndolo cargado de esfuerzos que el marinero quiera gastar; cargado también de esperas amorosas que quizás las porteñas quieran aliviar. ¡Cómo lo miran las porteñas al gran marinero, cómo lo quieren!; lo arrullan, le prodigan cariño, le hacen gestos, deseosas. Quieren saciar su camello nuevamente, una para intentar que el solitario se quede, otra para cargarlo y animarlo, aquí estoy amor mío, pero estaré entera en la meta.

Cielo. Óvulo. Espermios. Brillante y puntilluda noche, eyaculación de un sol impaciente y rojo de placer al sumergirse en aguas pacíficas y distendidas. Brillante y puntilluda noche despejada, semen divino arrojado y persiguiendo un óvulo rojo pálido inmenso, ¿quién llegará primero a fecundarte? ¿La chilena estrella del amanecer? ¿O se entremeterán sabias nubes blancas y anticonceptivas? Todo se vuelve a juntar, a unir, a encender, ¿hasta dónde?, ¿hasta cuándo? Hasta que la fuerza y la paciencia determinen el destino de puntos y galaxias, de la persistencia de sus nubes dependerá su poderío.

Después que todo volvió a la normalidad, cuando la esfera retomó su posición y volvió a girar sobre si misma, llegó a mí una pregunta extraña: ¿cuándo debo dormir? ¿de día o de noche? No tenía razón para haberlo preguntado, pero era un sentimiento muy fuerte, un pensamiento terriblemente tirano a esa hora de mi locura. Esta idea, que parece ridícula en lucidez, ahora vuelve a mí, coqueta y olorosa, para que le encuentre el sentido, le levante la falda y le inocule una verdad blanca y alegre, que se abre en carcajada.

Entonces respondo crudamente, tal cual, dormir es desde luego, limpiarse, oxigenarse, recuperarse, energizarse. ¿Cuándo se oxigena el planeta? ¿No es de día que todo el vegetal libera el oxígeno del agua y absorbe el carbono del CO2? ¿No tiene el sol acaso largas inspiraciones cuando acá en la tierra es de día? Inspira, inspira, inspira el agua de los mares, y luego los suelta en noches pluviosas o en días nublados, en que el sol está satisfecho. ¿No se disuelven las brumas de día? Y por otra parte, ¿no corresponde mejor a nuestro micromundo de mente silenciosa un cielo nocturno? Con pensamientos espaciados y de vez en cuando una luna blanca y llena. Cielito lindo. Y ahora que digo micromundos, quien persigue al sol de estrella en estrella le conviene, para no quedarse dormido en el intento, empezarlo a perseguir al amanecer. (Si las banderas fueran sábanas, como en los ataúdes...) ¿Murió el sol realmente? ¿O siempre fue de noche? Porque una cosa es extinguir un sol de pensamiento incesante para poder percibir estrellas susurrantes, y otra, avanzar por estrellas para conseguir un sol nuevo. Hay quienes dejan caer sus brazos en pleno mediodía, y se nublan, en plena melodía, y se callan. Esto le va muy bien a la escritura.

Porque si vamos a pensar una filosofía del cielo habrá que concentrarse en cada una de sus partes: el sol, las estrellas, la luna, las nubes, los cometas, los eclipses, todo eso es el cielo. Y para ello habrá que pensar una filosofía del sol, una filosofía de las estrellas, de las nubes, del día y de la noche; vamos a extraer rica sabia medicinal de los símbolos del cielo, vamos a usar de la ciencia, de la poesía y de los sueños para saber mejor qué cosa representa en sus detalles esa inmensa semiesfera que nos rodea. Y así la filosofía se convierte en el aprendizaje de un idioma nuevo, como el chino mandarín, en que hay que aprender símbolo a símbolo, elemento a elemento, para poder articular elementos compuestos por elementos, para poder pensar y procesar las cosas que ocurren simbólicamente, para sacarle provecho a la práxis de los símbolos. Y esto y no otra cosa es la filosofía: el estudio de los nexos entre las cosas y su relación con la mente central que tiene a dichas cosas en su esfera, en su entorno, en su realidad o en sus sueños. Elemento a elemento, con los puros ojos podemos ir leyendo la realidad.

Intuición. Cuando calla el hombre, y hay brisa, me acaricia mi musa, mi moza mimosa, mi intuición larga, como rayo y estrella sostenida, mi intuición venusina.

Amor. Si partimos de la premisa de que el amor es una mezcla de acto y sentimiento cuya finalidad es ayudar y dar… a un hijo, una pareja, un pueblo o a si mismo, y al mismo tiempo miramos fríamente las conductas de la mayoría de los seres vivos de nuestro planeta, comprenderemos que el amor no es una tendencia generalizada en la naturaleza más que cuando apunta a si mismo; nunca hemos visto a una vaca ayudar a una gallina, más bien lo recurrente es ver que un animal ignore o compita con otro, pero rara vez que se asocie con él, o todavía menos, que lo ayude desinteresadamente.

La esfera del amor en la naturaleza se limita en cada uno de los seres vivos a amar a-otro-ser lo más parecido a él, en amar a su descendencia. Si el amor tiene un comienzo en este planeta, comienza con las madres: la mamá vaca, la mamá harpía, la mamá orangutana, la mamá ballena. Casi diríamos que sólo en las madres encontramos amor. Si reducimos el amor al acto de dar alimento, y buscamos esta imagen en la naturaleza, casi siempre la encontraremos entre una madre y sus crías, y sólo excepcionalmente entre un macho y otro macho de la misma especie. Cierto que existe la asociatividad, la caza en común, como entre los delfines o los lobos, pero no podemos llamarle a eso amor, porque a la hora de repartir la presa, todos se la pelean.

Por lo que casi diríamos que el amor al prójimo es algo sobrenatural.

Pero también podríamos decir que el amor sólo aparece cuando hay sobreabundancia, y que cómo la tendencia en la naturaleza en nuestro planeta es la necesidad… por eso hay tan poco amor. En otras palabras, pareciera que sólo da quien tiene mucho. Esto es válido para las madres de la naturaleza, y quizás sea la leche esa cosa sobrante. Y aunque por instinto la prioridad será siempre uno mismo, no es raro ver a madres famélicas buscando alimento para sus crías.

Sin embargo sabemos de unos animales muy peculiares que son capaces de dar la vida por otros: los hombres, algunos hombres, una minoría. Sólo el hombre alimenta a un perro de buena gana, sin pedirle casi nada a cambio, o a un gato, o a un loro; sólo el hombre (moderno) salva a una ballena encallada; pudiendo carnearla, la libera al océano. Y claro, son hombres con la guatita llena, y además siguen siendo excepcionales. Quiero decir, la riqueza tampoco es sinónimo de amor: hay cientos de ricos con los bolsillos sellados. Pero el hombre alimenta a la mascota con lo que le sobra.

Aún así hablamos de la madre naturaleza, como si la naturaleza estuviera llena de amor maternal. Como todo, esto no es ni totalmente falso ni totalmente cierto. Pues no hay que olvidar el “amor” vegetal que alimenta sin morir a un sinnúmero de animales grandes y pequeños; los árboles frutales o las gramíneas parecieran tener en su poder el sentido direccional de la alimentación de sus comensales, parecieran dar de comer en lugar de ser comidos.

En efecto, la botánica nos explica que una semilla dura recubierta con valiosos nutrientes, como el aguacate, las manzanas, las peras y tantas otras frutas, no es otra cosa que un mecanismo para utilizar a los animales para transportar las semillas. La vaca se come una guayaba, digiere sus nutrientes pero la semilla, protegida contra los ácidos estomacales, recorre intacta todo el camino entre el hocico y el ano del animal, quedando tirada a decenas o cientos de metros de distancia de su árbol padre. Con sus nutrientes atrae al animal, y mediante el animal, lleva sus semillas más lejos. Lo mismo hacen las gramíneas como el trigo, la cebada o el centeno, ofrecen pasto a cambio de transporte de semillas. Aquí hay un acto claro de dar a cambio de algo. Ya discutiremos si el amor es o no es, por definición, desinteresado.

El amor de las madres se dirige exclusivamente a sus hijos; no es que las madres sean siempre amorosas ni tampoco siempre generosas con todo el mundo. Hay madres que le dan todo a sus hijos pero al prójimo ni un rábano más de lo que es capaz de sacarle un impuesto. En el famoso libro “El gen egoísta”, se da una explicación biogenética del proceder de las madres; la directriz de aquel libro es que en este mundo gobierna el egoísmo, es decir, el amor a si mismo, y que el atruismo de las madres no es más que amor a sus propios genes, es decir, egoísmo disfrazado de amor maternal, todo con tal de ver sus genes sobrevivir a la muerte.

Y claro, ¿qué otra “cosa” hay de más parecido a si mismo que un hijo? De modo que la esfera del amor en la naturaleza a penas y sobresale un poco, un mínimo, hasta los hijos. Es cierto, por todas partes vemos egoísmo, incluso en condiciones favorables; cuando un árbol cae en la selva, los arbustos se lanzan en carrera hacia las alturas, quieren asegurar una buena porción de luz durante su crecimiento, nadie cede su puesto a favor de otro. El egoísmo está tan difundido en nuestro planeta como la fuerza de gravedad, que apunta siempre hacia si misma. Pero tal fenómeno tan común, Lo que Es, no debe confundirse con lo que Debe Ser en este planeta, es decir, el verlo tan esparcido por todas partes no significa que debamos hacer del egoísmo en la naturaleza una moral. En la naturaleza siempre hay progreso, y así como el hombre es lo más evolucionado que conocemos, el amor también es un producto tardío de la evolución.

El amor aún no forma parte de las leyes de la física. Nadie nos enseñó en la escuela la exactitud de una todavía hipotética ecuación: yo doy amor, luego, me dan amor, o, yo doy me dan, o… me dan y tendré que dar de vuelta. ¿Quién ha amado lo suficiente como para haber dado el mismísimo amor?

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